LA HUMILDAD
La humildad no es menoscabo, ni postergación, tampoco un discurso mental para impresionar a los demás.
Humildad es amarse a sí mismo y a través de ese amor, reconocer la dignidad de los otros y honrar la divinidad que hay en él. Es comprender el lugar que ocupamos en la escalera evolutiva, pues nos permite entender que hay personas más adelantadas en el océano de la vida; pues el soberbio es una gota que se cree que es el océano.
La humildad es dar y recibir dejando que cada quien aprenda en su tiempo, en su ritmo, agradecer sin abusar, y aprender desde su interno a volar con sus propias alas.
Humildad es dejar el espacio para que otros aprendan, es saber que eres maestro y alumno a la vez.
Humildad es estar en coherencia con lo que enseñas, ser tu propia alumno y practicar esas enseñanzas hasta que las integras a tu vida.
Humildad es respetar las creencias ajenas y dejar de pretender tener la razón. La verdad es relativa y responde al nivel de consciencia de cada ser.
Humildad es reconocer los errores para corregirse, como también guardar silencio ante los errores ajenos con empatía y respeto.
El Maestro acepta el reconocimiento, lo valora y lo recibe en silencio, desde su Maestro interno, pues reconoce que los frutos son de Yo Soy, no hace alarde de títulos ni llama la atención, sirve en el silencio del ego espiritual.
El Maestro no compite con los otros, sólo cultiva su jardín interior en el tiempo perfecto de Uno. El espíritu no apura, ya que todo es perfecto, pues responde al diseño universal.
Ver a los otros a través de la mirada dulce y compasiva del amor incondicional, que no espera retribución alguna, pues da por amor al Uno y a vuestros hermanos.
Tampoco el Maestro pretende que se hinquen ante él, espera que lo miren a los ojos pues reconoce y bendice la divinidad en sus hermanos, en forma espontánea, como estas flores, que expanden, amor, belleza y radiación.

