CULTIVAR LA PACIENCIA
La impaciencia es rebeldía interior; no fluir con “el tiempo perfecto del Uno”, que es rendirse a su Divina Voluntad; el apuro lleva a la ira, que aleja las protecciones que realizan las alianzas protectoras invisibles, es decir, rasgamos el fluido energético que ellos tienden amorosamente a sus hermanos encarnados.
La impaciencia también lleva a la intolerancia con el ritmo del otro (llamada lentitud), llegando a la crueldad cuando se tironea a un hijo porque no aprende rápido o no obedece al instante sin asimilar aún, que en la tierra o en tercera dimensión se aprende por ensayo y error. O se apura al otro con agresividad qué trasluce la voz, lo que genera malestar y agobio. Involucrando a los otros en un ambiente de tensión y discordia; influyendo en su diario vivir.
Alimenta el pesimismo, no llegaré a tiempo, no alcanzaré hacer esto o lo otro. Tratan de tragarse un tiempo que no existe porque el ego que vive en el futuro le impide vivir el hoy.
La paciencia es paz interior, es rendirse a la voluntad del Uno. Es aceptar lo que nos toca vivir, sabiendo que el Uno todo amor, Único señor de todo cuanto existe, urde la trama de cada evento, de cada vida. Es aprender de cada paso sin saltarse los procesos para lograr los aprendizajes, para fluir con la vida.
Es mansedumbre, enseña el respeto por el otro, la empatía de ponerse en su lugar.
Es vibrar en el amor, en la compasión y la comprensión de la verdad de que cada ser tiene un ritmo, un proceso y un tiempo particular y perfecto.
La paciencia permite vivir en el eterno presente disfrutando el silencio de la paz o la melodía de la música, o de la ternura y armonía interna.
El lenguaje de la vida es claro cuando pone una pausa, una detención o un atochamiento y yo tomo la decisión de cómo vivirlo. Aprendemos a vivir a caídas o por sabiduría.

